Una vez se me acercó un joven evangelizador super lindo, a predicarme la palabra de Dios; yo no le dije que era atea porque me cayó bien y quería seguir escuchándolo, pero sí le dije que era travesti y que me gustaban los hombres, a lo que me dijo que Dios todo lo puede sanar, que él ama al pecado y no al pecador, algo así. Bueno, la cuestión es que yo me mostré sumisa ante él, así que vino a predicarme unas cuatro sesiones más, una vez a la semana.
Ya en la cuarta sesión estaba muy insistente en que Dios me podía cambiar, pero que yo debía tomar la decisión; yo le dije que yo tenía una vida muy sola y abrumada y que la verdad sí quería un cambio; así que él me invitó a ir a su iglesia para que hiciera un pacto. Yo le dije que sí lo haría, pero que antes quisiera acostarme con él; se quedó mudo, y me dijo que eso no era posible, y que así no podría encontrar a Dios.
Me le arrodillé, le supliqué y le juré que sería la última vez que tocaría a un hombre,

pero que quería que él fuera el último; él se seguía resistiendo, pero a la vez estaba asombrado; me dijo que no, que no podía comportarme así, que se iría.
Entonces, cuando él ya se disponía para irse, me desnudé rápidamente, me hice en la puerta para bloquear su salida y le puse cara de urgida (falsamente); le prometí que sería la última vez y que de ahí ya iría a su iglesia sin falta (embuste). Entonces vi que tragó saliva…, pero me dijo que no.
Así que me hice a un lado, ya con cara falsa de resignación; él abrió la puerta para irse y yo me dispuse a volver a mi cuarto, cuando de repente algo me agarra por la espalda y era él. ¡Me quedé con los ojos abiertos! Cerró la puerta y, mientras me agarraba bien fuerte, me susurró al oído en tono de orden:
—jura que voy a ser el último hombre con el que te vas a acostar—
y yo, toda anonadada, sorprendida y excitada a la vez:
—¡te lo juro! —.
Escrito por: Herlen Murieles